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Te necesito.

 

Sara era una niña de nueve años muy bajita y regordeta para su edad. Tenía el pelo castaño oscuro y unos ojos verdes preciosos, que siempre llamaban mucho la atención debido al gran contraste que hacían con su piel morena y pecosa. Vivía en Málaga con su padre Samuel, su madre Puri y sus dos hermanos mayores Pedro y Juan, que tenían ya 16 y 18 años. Su casa era enorme, tenía grandes ventanales con vistas al mar y un lugar muy especial, que a Sara personalmente le encantaba. Era un pequeño altillo con mucha luz, repleto de objetos viejos de su abuela María, a la que adoraba, pero había muerto hacía ya unos años. Allí había de todo: grandes baúles donde guardaban disfraces de los tiempos de la abuela, muy pomposos y con muchas plumas, también había máscaras y sombreros. Siempre que podía, se escapaba un ratito de la plasta de su madre, subía y se deleitaba bailando con los vestidos de su abuela puestos –aunque le estaban un poco grandes- y jugaba a ser una princesa probándose los zapatos de tacón. Pinturas preciosas de Málaga, de la época en que la abuela era joven y sentía devoción por el arte. También tenía muchos zapatos de tacón, cuentos de aventuras muy viejos, muñecas... Pero lo que siempre le había llamado mucho la atención era un álbum de fotos muy desgastado que descubrió un día, curioseando más de la cuenta, en el fondo del baúl. Las fotos estaban muy deterioradas debido al paso de los años, algunas incluso estaban tan mal hechas que apenas se diferenciaban los rostros de la gente que salían en ellas; sin embargo, Sara siempre era capaz de reconocer a su abuela en las fotos. Una mujer preciosa, alta y delgada con una larga cabellera morena que, rara vez llevaba suelta. También tenía pecas en la cara, pero como era tan morena apenas se podían apreciar. Un día, Sara discutió con sus padres porque no había sacado a pasear a Bobby, su perro, y el pobre Bobby hizo sus necesidades en la cama de Puri y Samuel.

-¡Sara, siempre se te olvida sacar al perro y luego mira lo que pasa! –le gritó su padre.

-Ya os he dicho que lo siento, ¿qué más queréis que haga? –dijo Sara lloriqueando.

-¡Queremos que nos hagas caso a la primera y que no tengamos que repetirte las cosas dos veces!

-Estoy harta! –Sara dio un portazo y se encerró en el altillo, acabando así la discusión.

Velozmente se sentó encima de un pequeño cojín que había al lado del baúl y empezó a llorar. A su lado estaba el álbum de fotos viejas, y en aquel momento se acordó mucho de su abuela. Deseaba con todas sus fuerzas estar a su lado.. Y entonces, se le ocurrió una idea para poder sentirla un poco más cerca. Se puso uno de sus vestidos más bonitos, los zapatos de tacón más altos y se puso a bailar por todo el altillo. Bailó y bailó mucho rato, pero los zapatos de tacón le dolían y notaba el peso del pomposo vestido en sus pies. Tenía los ojos cansados de llorar, y decidió acostarse en un sofá viejo tenía el altillo. De repente, escuchó una voz que le resultaba muy familiar gritando su nombre, y abrió los ojos...

Para su sorpresa, Sara estaba en un pueblecito extraño, con muy pocos coches y mucha gente andando por las calles pedregosas, vestidos de una forma muy extraña, como de antes. La niña se quedó estupefacta ante aquel extraño paisaje que le rodeaba, pero no tardó mucho en reaccionar, ya que un señor muy alto y elegante le dio un empujón y se marchó vertiginosamente, pidiéndole disculpas a toda prisa. Sara volvió a oír esa voz tan dulce y familiar que gritaba su nombre cuando estaba en el altillo de casa, y comenzó a mirar a su alrededor para ver de dónde procedía. Vio a una señorita muy guapa y morena en la acera de enfrente que la saludaba eufóricamente, y en cuanto cerró un poco los ojos, para ver más claramente quién era, se quedó petrificada. Aquella señorita era exactamente igual que María, sólo que mucho más joven de como la recordaba; su abuela tenía el mismo aspecto que en las fotos de aquel álbum tan viejecito del altillo. La miraba sonriendo y haciéndole gestos con las manos para que se acercara a ella rápidamente. Sara se pellizcó para comprobar que no estaba soñando y notó el fuerte dolor en su mejilla derecha. Se acercó poco a poco al lugar donde estaba aquella chica, caminando despacio para asegurarse de que el saludo iba dirigido a ella y al acercarse a la mujer, comprobó definitivamente quién era; su abuela. Era increible! Pero sara no entendía el porqué había aparecido en otra época, en la que su abuela era joven y muy hermosa. Se lo preguntó a María, y su abuela se lo explico clara y brevemente.

 

-Mira, Sara. Sé que eres una niña feliz, porque conozco a papá y a mamá y sé que aunque a veces sean un poco duros contigo lo hacen porque te quieren. Tienes que hacer caso a sus consejos siempre, porque no te dicen las cosas por fastidiar, sino porque quieren lo mejor para ti. Por otra parte, sé que me echas mucho de menos, casi tanto como yo a ti, verdad?

-La verdad es que si..

-Pues venga, hoy vamos a pasar un dia fantástico!


Sara y su joven abuela se fueron a muchos sitios interesantes. Primero fueron a un parque de atracciones enorme, que tenia una noria blanca y muy grande donde subieron tres o cuatro veces seguidas. Luego, compraron manzanas caramelizadas y palomitas, y vieron un pequeño teatro infantil muy graciosos. También jugaron a tirar aros en las botellas de vidrio, pero no acertaron ni uno ya que ninguna de las dos tenía mucha puntería. Cuando ya anocheció, la abuela cogió su coche y llegaron a un cine al aire libre para ver una película romántica, de las de antes. Las dos pasaron un día que, seguramente, no iban a olvidar. Pero había anochecido ya desde hacía rato, y el día se acababa. Mucho a su pesar, la abuela tuvo que decirle a Sara que había llegado el momento de que todo volviera a la normalidad, y que Sara tenía que volver a casa.

-Sara.. Escucha. Hemos pasado un día inolvidable, pero todo lo bueno es efímero, como la vida. Desde que fallecí, creo que no ha habido un solo dia en el que no piense en ti, en papá y mamá, en tus hermanos, tus primos, tus tíos.. Pero, sabes? Me conformo con veros por un agujerito y saber que estáis todos bien, y que toda la familia permanecéis unida a pesar de mi marcha.

-Pero.. yo no quiero irme. No sabes cuánto me haces falta! Yo..

-Lo sé, pequeña, pero tu eres joven y tienes que vivir tu vida. Yo viví la mia y fui muy feliz, y tú tienes que hacer lo mismo. Hoy he sentido que, realmente, necesitabas un poco de mi compañía para darte ánimos a continuar, por eso he querido que vieras la época más feliz de tu vida. La juventud es un tesoro, Sara. No la desperdicies y vívela cerca de quienes te quieren.

-Gracias por este día que me has querido regalar a tu lado, abuela, y tranquila, te haré caso.


María y la niña se dieron un abrazo que duró mucho rato, a causa de la añoranza que sentían la una hacia la otra. La abuela le dio un dulce beso en la frente -como hacía siempre antes de que su pequeña se fuera a dormir- y Sara se despertó. Una lágrima cálida recorría su mejilla, y estuvo unos diez minutos tumbada en el sofá en el que se había quedado dormida, asimilando todo lo que había pasado sin saber si había sido real, o solo un sueño. Notó algo que crujía en su bolsillo cada vez que se movia un poco. Extrañada,  puso la mano para ver que era y sacó un puñado de palomitas. Sara sonrió y dijo:

-Te quiero, abuela.

 

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